Dande y Dindefelo, dos joyas del País Bassari

A las 6.00 de la mañana nos despertó un insistente gallo que ya había dormido lo suficiente. Así que decidimos levantarnos y remojarnos un poco. En este campamento, la zona de las duchas estaba detrás de las cabañas y era un espacio con el suelo de tierra en el que te llevabas tu cubo de agua y lo usabas para asearte. La verdad es que el agua fría por la mañana era un gustazo y te dejaba como nuevo. Desayunamos con el resto del equipo y nos pusimos en marcha.

Dimos un agradable paseo atravesando campos de cacahuetes y otros cultivos hasta que por fin llegamos a los Dientes de Dande, un acantilado de formas abruptas. Descansamos al borde del precipicio respirando tranquilidad y contemplando el paisaje. Nos acompañaba una pequeña senegalesa que nos había seguido desde uno de los campos de cacahuetes. Muchos niños ayudan a sus familias en las plantaciones espantando a los monos con gritos u otros ruidos para evitar que se coman los alimentos.

Los dientes de Dante
Los dientes de Dante

Seguimos nuestro camino, aún fascinados por los colores de la vegetación, y enseguida llegamos a la siguiente parada, una pequeña cueva que en el pasado había sido el asentamiento de algunos pueblos bassari. No obstante, con el tiempo habían acabado abandonando el lugar debido a discrepancias con otras tribus de la zona. En la actualidad, era un sitio tranquilo donde refugiarse del sol, aunque estaba lleno de hormigas mordedoras. Si te despistabas te subían por la pierna y acabas teniendo que desnudarte para sacudir la ropa.

Explorando los alrededores de Dande
Explorando los alrededores de Dande

No nos quedamos mucho rato porque nos esperaba un refrescante baño en el nacimiento de una cascada cercana. Remojamos toda la ropa y estuvimos allí chapoteando entre risas. Fue un excelente descanso antes de volver al campamento para comer. Ese día, el arroz iba acompañado del pobre gallo que cantaba por la mañana. Después de la comida el té era obligatorio. De hecho, en Senegal es costumbre tomar dos tés y en algunas ocasiones incluso tres. El primer té que te sirven es realmente amargo, aunque con mucho azúcar, y puedes bebértelo de un trago. El siguiente té vendrá una media hora después y será un poco más dulce. Por último, el tercer té es el más azucarado de todos y es conocido como el té del amor. Todos los días que estuvimos en el campamento de Dande tomamos al menos dos tés después de cada comida.

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La meseta de Dande y sus vivos colores
Típicas cabañas de esa zona
Típicas cabañas de esa zona

Dande es un poblado bedik y por lo tanto sus habitantes son musulmanes. Doba nos explicó durante ese día el ritual de iniciación por el que tienen que pasar todos los niños a los 14 o 15 años. Este rito se da al mismo tiempo que la circuncisión. La iniciación de los bedik consiste en pasar un mes en el bosque acompañado de un guía espiritual. Durante ese periodo los niños aprenden a rezar, a ser educados y a saludar. Si son desobedientes, su maestro les disciplinará e incluso podrá pegarles si lo considera oportuno. Después de la iniciación, estos niños serán considerados hombres con todas las responsabilidades que esto conlleva.

La historia de nuestro guía tampoco tiene desperdicio y es que Doba solía ver muchos turistas en Dindefelo y por eso pronto empezó a fantasear con la idea de montar un campamento en su pueblo natal, Dande. Escuchó muchas veces que estaba loco por querer abrir un campamento en lo alto de la montaña. No obstante, su esfuerzo y perseverancia acabaron dando sus frutos. No era un guía oficial así que tuvo muchas dificultades al principio. De hecho, pasó dos meses sin que ningún turista quisiera contratar sus servicios. No obstante, todo cambió un día en el que todos los guías oficiales estaban ocupados. Fue entonces cuando una pareja de franceses decidió irse con él. Doba ni siquiera les cobró por sus servicios y ellos quedaron encantados con la atención recibida. Gracias a ellos corrió la voz y poco a poco fueron llegando más turistas. Aquello fue el principio y hace ya más de diez años desde ese día. Todo empezó con una modesta cabaña y ahora el campamento Doba Chez cuenta con un total de siete. Además, toda la electricidad proviene de una discreta placa solar colocada en el techo de una de las cabañas.

Visitando los poblados de la zona
Visitando los poblados de la zona
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Visitando los poblados de la zona

Por la tarde fuimos a visitar el poblado de la cerámica y otras aledas de la zona. Nos acompañaron Doba y Harouna, que nos iban explicando las costumbres del lugar y algunas anécdotas suyas. En varias de las aldeas por las que pasamos nos pidieron medicinas para ellos o sus hijos. Por ejemplo, a la pequeña Rayanatu le dolía la cabeza y llevaba días resfriada. Asimismo, una de las ancianas de la aldea arrastraba un problema en la rodilla desde hacía meses y uno de los niños estaba cubierto de pequeñas heridas que parecían infectadas. El principal problema de estos poblados es el acceso a la sanidad. No tienen medicinas o no pueden pagarlas. Además, el hospital más cercano se encuentra en Kedogou y nadie en la aldea tiene conocimientos básicos de medicina.

Uno de los niños que vivía en el poblado de la cerámica
Uno de los niños que vivía en el poblado de la cerámica
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Artículos de cerámica hechos a mano

En el poblado de la cerámica pudimos ver una muestra de varios productos hechos a mano en ese mismo lugar. Cuencos, ceniceros, tazas y otras piezas de artesanía. Ninguno de los dos fumamos, pero al final compramos un cenicero para las visitas. Antes de irnos, Óscar tuvo el placer de ayudar a una de las chicas de la aldea a moler el pan de mono, que es el fruto del baobab. Generalmente lo utilizan para hacer zumo y es bastante habitual ver cómo las mujeres machacan el fruto con unos pesados palos de madera. Pueden estar horas así.

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Un padre posa orgulloso junto a sus hijos

Al volver a Dande se estaba celebrando el habitual partido de fútbol que tenía lugar cada tarde. De hecho, en la zona existían un total de 18 equipos y ahora se estaban entrenando para la competición anual. A las 16:30 se reunían todos y corrían durante media hora para calentar, después, jugaban al fútbol hasta que ponía el sol.

Cenamos temprano y al acabar llegó el dj y con él la fiesta. Traía un radiocasete y una cinta con canciones de ayer, de hoy y de siempre. Al oír la música, algunos niños del campamento se fueron acercando tímidamente. Al principio solo miraban, pero cuando por fin dejaron atrás la vergüenza estuvimos bailando con ellos durante horas. Alba les hacía caras y les sacaba a bailar. ¡Vaya estilazo! El hijo pequeño del jefe de la aldea era uno de los que más ritmo y ganas le ponía. Eran incansables y se iban turnando para hacer sus solos de baile. “¿Dónde están las chicas?, ¿ellas no bailan?”, les preguntamos con curiosidad. Y nos contestaron que sí, pero que lo hacían por separado. Por aquel entonces ya se habían acercado algunas mujeres, aunque éstas tampoco participaban en la fiesta sino que aprovechaban para pelar cacahuetes y ver cómo los pequeñajos bailaban con nosotros. Acabamos exhaustos pero muy agradecidos por su hospitalidad y clases de baile. ¡Qué última noche en Dande tan especial! La vía láctea seguía surcando el cielo tan nítidamente como el día anterior y con esa imagen nos acostamos.

Los niños de Dande bailando
Los niños de Dande bailando

Nos levantamos por última vez en el campamento de Chez Doba y desayunamos todos juntos antes de emprender el viaje hasta la cascada de Dindefelo. Les dimos las gracias con la única palaba en peul que aprendimos “yarama” y  abandonamos la aldea de Dande. De camino, un niño pequeño se llevó un susto de muerte al vernos. Fue rápidamente a esconderse detrás de su madre y cuando Alba se acercó para darle un caramelo empezó a llorar desconsoladamente. Lo más curioso es que no fue la única vez que nos pasó durante el viaje. Algunos de los niños más pequeños todavía no estaban acostumbrados a cruzarse gente blanca y reaccionaban como si hubieran visto un fantasma.

Cascada de Dindefelo
Cascada de Dindefelo

Bajamos la montaña despacito, intentando no forzar mi pie, pues todavía me estaba recuperando de un esguince de tobillo. “N’Danka N’Dankan”, me decían, que significa poco a poco en wólof. Finalmente, llegamos hasta la cascada de Dindefelo, un salto de agua de 80 metros de alto. Las fotos no hacen justicia a este precioso lugar, donde solo pudimos quedarnos un cuarto de hora. Eso sí, nos dio tiempo de darnos un baño rápido. Comimos en Dindefelo y nos acompañaron hasta Kedougou, desde donde salía nuestro autobús a Dakar. Nos esperaban 14 horas de viaje hasta la capital senegalesa. Nos despedimos con un fuerte abrazo de Doba, Alba y Óscar, nos deseamos lo mejor para el resto del viaje y subimos al autobús.

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